8 jul. 2017

Muladíes, talibanes y otros "condes donjulianes".



Muladí. adj. Dicho de un cristiano, que, durante la dominación de los árabes en España, se convertía al islamismo y vivía entre los musulmanes. 
(R.A.E.)

"Nosotros queremos una España alegre y faldicorta" 
(José Antonio)

Que la progresía más babosa, el feminismo más sicópata y las demás franquicias del marxismo cultural aplauden con las orejas y humedecen sus bragas ante la cada vez más agresiva islamización de Europa no es ninguna novedad.
En las pasadas Jornadas Oficiales de Sodomización Callejera (o como se diga en inglés) las cifuentes, carmenas y demás elegetebealcahuetas, reían las gracias a los monfloritas que hacían todo tipo de burlas al cristianismo. Naturalmente, a los orgullosos bujarrones progres les faltan huevos para repetir delante de una mezquita las gracietas que suelen hacer delante de las iglesias.
 Y no es que la clerigalla actual no se merezca, en su mayoría, que ofendan a una religión que se caracteriza por su afición a la cercanía del sol que más calienta: En las citadas Jornadas Mundiales sobre Artes Traseras (o como se diga en inglés) un establecimiento religioso madrileño se apresuró a decorar su fachada con trapos arcoiris. Luego los quitó ante la indignación de su clientela, pero la tendencia queda clara.
 Pero si a alguno de los mariposones multicolores se le hubiera ocurrido denunciar la intransigencia medieval de la morisma ante sus aficiones, las citadas brujas cifuentibolleras y todos sus corifeos mediáticos se hubieran escandalizado reglamentariamente contra la "islamofobia" que supone cualquier crítica a la cultura que nos está invadiendo.
Progres y moros odian por igual nuestras tradiciones y es normal que unan sus fuerzas y unifiquen inquisiciones y policías del pensamiento.
Los musulmanes que hay en España viven, en su gran mayoría, de las subvenciones que los nuevos obispos opas y condes donjulianes apoltronados en las administraciones públicas les reparten con una generosidad que ya nos gustaría disfrutar a los españoles. 
Los ayuntamientos de cualquier color, desde los podemitas más hediondos a los peperos más nauseabundos regalan suelo público para que se construyan mezquitas desde las que predicar la yihad contra los infieles decadentes, o sea, contra los españoles y europeos en general. 
Se saben especialmente protegidos y, como es normal, se envalentonan. Al contrario que otros colectivos inmigrantes, el moro no aspira a adaptarse a nuestras costumbres, sino a imponernos las suyas. Sabe que tiene el placet de la progresía para hacerlo.
  Las moras se sienten con derecho a insultar a las españolas que no visten con burkas, niqab y demás aditamentos medievales. Y los progres, de derechas o izquierdas, miran hacia otro lado o directamente aplauden lo que, con otras protagonistas, considerarían una imposición heteropatrinosequé. 
Lo que resulta especialmente llamativo, es que estos abusos morunos sean aplaudidos no sólo por los progretas de siempre sino por presuntos afines. Como el modo de vestir de algunas de nuestras paisanas les parece demasiado provocativo, ven bien que las sarracenas las insulten por su indecencia y descoco.
 Curiosamente, estos ejemplos de carcundia mojigata, en lugar de herederos del meapilismo más rancio y reaccionario, se ven a sí mismos como ejemplos de ortodoxia patriota y revolucionaria. Justifican sus simpatías agarenas por su inmaculado antisionismo, acusándonos asi de paso de connivencia con los innombrables a los que nos oponemos a que nuestras hijas se vean obligadas más pronto que tarde a ir tapadas con un burka.
 Pelayo, cuánto se te echa de menos.

J.L. Antonaya